Consultoría
La auditoría
que no cambia nada: por qué cumplir la norma y ser excelente son cosas
distintas
He acompañado suficientes procesos de
certificación como para reconocer un patrón que se repite con una regularidad
casi predecible. La organización se prepara semanas antes, ordena documentos,
actualiza procedimientos, ensaya respuestas. Llega el auditor, revisa
evidencia, encuentra algunas no conformidades menores, y emite un certificado.
Todos respiran aliviados. Y en la mayoría de los casos, nada relevante cambia
en cómo la organización realmente opera al día siguiente.
Esto no es una crítica a las normas
de gestión, que en mi experiencia son marcos conceptuales sólidos cuando se
aplican con la intención correcta. Es una crítica a un patrón de uso, donde la
certificación se convierte en el fin del proceso en lugar de ser, como debería,
una consecuencia natural de un sistema de gestión que efectivamente funciona.
W. Edwards Deming hacía una
distinción que sigo usando constantemente en mi trabajo de consultoría. La
inspección para detectar problemas después de que ocurrieron es una forma
costosa e ineficaz de gestionar la calidad. Lo que realmente mejora el desempeño
es diseñar el sistema para que los problemas no ocurran en primer lugar, y eso
exige entender las causas comunes de variación, no perseguir síntomas
puntuales.
Una auditoría de certificación, por
diseño, es fundamentalmente una inspección. Verifica que existan ciertos
elementos documentales y ciertas evidencias de cumplimiento en un momento
específico del tiempo. Puede confirmar que el sistema tiene la forma correcta.
No puede confirmar, y esto es lo que casi nadie discute abiertamente, que el
sistema esté produciendo mejores decisiones y mejores resultados de forma
sostenida.
Vi esta distinción con particular
nitidez en una organización que llevaba tres certificaciones ISO simultáneas,
calidad, ambiente y seguridad, todas vigentes, todas sin observaciones mayores
en su última auditoría. Al mismo tiempo, esa organización enfrentaba una tasa
de accidentabilidad que no bajaba, reclamos de clientes recurrentes, y un
ambiente ambiental que, en la práctica operativa diaria, nadie en terreno
realmente consultaba antes de tomar decisiones.
El sistema de gestión existía,
documentado, auditado, certificado. Y coexistía, en paralelo, con una operación
real que seguía sus propias reglas informales, construidas por la experiencia y
la urgencia del día a día. Los dos sistemas, el formal y el real, apenas se
tocaban. El certificado colgaba en la recepción. Las decisiones se tomaban en
otro lugar.
Esto conecta con algo que aprendí
observando organizaciones distintas a lo largo de los años. El cumplimiento
normativo y la excelencia operacional no son el mismo objetivo, aunque
comparten herramientas. Cumplir significa satisfacer un estándar externo mínimo.
Ser excelente significa que el sistema de gestión realmente gobierna las
decisiones cotidianas, que el procedimiento documentado es efectivamente el que
se usa cuando nadie está mirando, y que las métricas que se reportan al
directorio son las mismas que usa un supervisor de turno para decidir en
terreno.
La pregunta que empecé a hacer,
después de ver este patrón repetirse tantas veces, no es si el sistema de
gestión cumple la norma. Es si alguien, en algún nivel de la operación,
consultó ese sistema la última vez que tuvo que tomar una decisión difícil bajo
presión. Cuando la respuesta es no, el certificado sigue siendo válido. El
sistema de gestión, en la práctica, no.
La última decisión difícil que se tomó bajo
presión en tu organización, ¿se consultó el procedimiento documentado, o se
resolvió con el criterio informal de siempre? Y si tu organización perdiera
mañana su certificación, sin que cambiara ningún proceso real, ¿qué cambiaría
realmente en cómo opera?
