Consultoría
Mejora continua
sin cultura es maquillaje: lo que nadie te dice del Kaizen mal implementado
Pocas metodologías se han
popularizado tanto, y se han vaciado tanto de contenido en el proceso, como la
mejora continua. He entrado a organizaciones con tableros Kaizen impecables,
reuniones semanales puntuales, acciones cerradas a tiempo, y un desempeño
global que, medido con honestidad, no mejora de un año a otro. El ritual está
intacto. El resultado que el ritual debería producir, no aparece.
Kaizen, en su formulación original
japonesa, no es una herramienta de gestión de proyectos. Es una filosofía de
mejora incremental sostenida, construida sobre un supuesto cultural profundo,
que cualquier persona en cualquier nivel de la organización puede identificar
un problema y proponer una mejora, sin temor a represalias, y que esa mejora
será tomada en serio por quienes tienen poder de decisión.
Lo que la mayoría de las
organizaciones occidentales importó de Kaizen fue la estructura visible,
tableros, reuniones, formatos de propuesta de mejora, y dejó fuera precisamente
el supuesto cultural que le da sentido a toda esa estructura. El resultado es
una coreografía de mejora continua sin la sustancia que la hace funcionar.
Vi esto de forma muy concreta en una
planta industrial donde el sistema de sugerencias de mejora estaba formalmente
implementado, con metas de número de propuestas por trabajador y un proceso de
evaluación definido. Los trabajadores de línea, en conversaciones informales,
me dijeron algo que resumía todo el problema, presentamos ideas los primeros
meses, casi ninguna se implementó, y después de un tiempo dejamos de proponer,
porque entendimos que nadie realmente las iba a usar.
El sistema medía número de propuestas
presentadas, no número de propuestas implementadas, y mucho menos impacto de
las implementadas en el desempeño real. La métrica que la organización
reportaba hacia arriba mostraba una cultura de mejora continua vibrante. La
realidad, para quien trabajaba en línea, era exactamente la contraria, una
experiencia repetida de que proponer no cambiaba nada.
Edgar Schein describió con precisión
por qué esto ocurre tan frecuentemente. La cultura organizacional opera en tres
niveles, los artefactos visibles, como los tableros y las reuniones, los
valores declarados, como decir que valoramos la mejora continua, y los
supuestos básicos subyacentes, que son las creencias reales, muchas veces
inconscientes, sobre cómo funciona realmente el poder y la seguridad
psicológica en esa organización específica. Se puede cambiar el nivel de los
artefactos con relativa facilidad. Cambiar los supuestos básicos subyacentes es
un trabajo de años, no de un programa piloto de seis meses.
Cuando el nivel de los artefactos,
tableros, reuniones, kpis, avanza más rápido que el nivel de los supuestos
básicos, seguridad psicológica real para proponer, confianza real en que la
propuesta será escuchada, se produce exactamente lo que vi en esa planta. Una
estructura de mejora continua técnicamente correcta que coexiste con una
cultura donde, en el fondo, sigue siendo más seguro no destacar y no cuestionar
cómo se hacen las cosas.
Lo que he aprendido a diagnosticar
primero, antes de rediseñar cualquier sistema de mejora continua, no es la
calidad del formato de propuesta. Es una pregunta más incómoda, si un operario
de línea propusiera hoy una mejora que cuestionara una decisión tomada por su
jefe directo, ¿qué pasaría realmente? La respuesta a esa pregunta, más que
cualquier tablero, determina si la mejora continua que se está implementando va
a funcionar.
En tu organización, ¿cuántas de las propuestas
de mejora del último año se implementaron efectivamente, y cuántas simplemente
se registraron? Y si alguien de nivel operativo cuestionara hoy una decisión de
su jefe directo con una propuesta de mejora, ¿qué le pasaría realmente?
